SÁNCHEZ SE QUEDA, PERO EL DAÑO ESTÁ HECHO

Aunque Sánchez se quede lo cierto es que ya está políticamente acabado, pero el perjuicio infligido al país es profundo. Costará sobreponerse a la división y el deterioro institucional y social dejados a su paso

 

Pedro es un hombre enamorado, pero no de su esposa  a quien  no ha dudado en exhibirla impúdicamente ante el foco mediático y utilizarla para apuntalar aquello que verdaderamente anhela su corazón: el poder. Pero no un poder cualquiera, sino uno sin límites, sin cortapisas, sin contrapesos. Porque quien mucho ama acaba odiando todo aquello que se interpone en su camino.

 

Durante estos cinco días Pedro Sánchez no ha reflexionado sobre su permanencia al frente del Gobierno, sino sobre cómo acometer el desmantelamiento de las estructuras democráticas que le impiden llevar a término sus más íntimos deseos, sus ansias de control omnímodo. La pandemia le demostró cómo los españoles acatamos sumisamente la ilegalidad en nombre de la excepcionalidad. Sánchez ha intentado construir, a base de sobreactuación sentimental y victimización, un relato falaz y grotesco sobre las investigaciones en torno a las actividades de su mujer que le legitime para actuar contra la oposición, los periodistas críticos y, sobre todo, contra los jueces.

 

Ha sacado en peregrinación a Ferraz a militantes socialistas para que lo veneren y ha obligado a su entorno mediático a suplicarle y alabarle hasta la náusea para justificar su permanencia y,

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